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09/28/2026
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Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha procurado conocer y comprender su futuro.
Esa inquietud ha dado origen a prácticas religiosas y sistemas de creencias que afirman tener
respuestas a los interrogantes más profundos de la existencia. En ciertos sectores del
cristianismo, algunos utilizan las Escrituras como un talismán, aceptando únicamente aquellos
pasajes que respaldan sus propios intereses (1 Tim 4:1; Prov 20:24).
Apocalipsis constituye una solemne advertencia acerca del desenlace de la historia humana.
Describiendo el cumplimiento definitivo de la promesa anunciada desde el principio: la
destrucción de la simiente de la serpiente (Gn 3:15), la restauración de la creación (Ap 21:1–4) y
el juicio divino, la retribución de las obras y la manifestación de la justicia de Dios contra sus
enemigos (Is 61:1–2; 63:1–6).
Apocalipsis revela la misericordia de Dios aún en medio del rechazo humano. Dios es amor,
pero también es perfectamente justo; es misericordioso, pero igualmente retribuye con justicia.
Su misericordia invita a todos al arrepentimiento, mostrando la gloriosa esperanza reservada para
quienes han sido hechos hijos de Dios (Jn 1:12).
Ya que Dios ejerce un dominio absoluto sobre todas las cosas (Is 45:10), y para quienes le
aman, todas las circunstancias obran para bien conforme a su propósito (Mt 6:34; Ro 8:28), el
cristiano no debe vivir dominado por el temor ante los acontecimientos de este mundo (Jn
10:27–28; Rom 8:37–39; 1 Jn 4:4). Su confianza debe descansar en la certeza de que Dios
cumplirá su propósito.
La historia avanza inexorablemente hacia su consumación y las dificultades, catástrofes y
oposición se intensificarán; sin embargo, aun en medio del sufrimiento, Dios permanece con los
suyos y los sostiene (Sal 73:21–26). En contraste, el mundo continuará sumido en su desenfreno,
ofreciendo alternativas que prometen brindar seguridad espiritual. El horóscopo, yoga, Tarot, la
consulta a adivinos, videntes y agoreros, la veneración de imágenes y los discursos
motivacionales de falsos maestros desde púlpitos y centros espiritualistas ofrecen a las personas
lo que desean escuchar y creer (Jr 10:23; cf. Rom 3:11–18), siendo engañas y conducidas a la
destrucción eterna.
El desarrollo humano no concluirá con el triunfo del progreso, ni con la evolución de la
civilización. Este culminará con la restauración de la comunión perfecta en la Nueva Jerusalén,
donde Dios habitará con los redimidos por toda la eternidad. Ese es nuestro futuro (Mt 28:20;
Ap 21:2–3).







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